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Palabras Claves

El Domingo temprano, después de la primera Misa en Clonegal, mi padre, en vez de llevarme a casa, manejó hasta bien adentro de Wexford, hacia la costa, de donde venía la familia de mi madre. Es un día de Agosto caluroso, brillante, con manchas de sombra y un verde repentino que ilumina el camino. Pasamos a través del pueblo de Shillelagh, donde mi padre perdió nuestro shorthorn colorado en un juego de cuarenta y cinco, y luego pasamos por el mercado en Carnew, donde el hombre que la ganó, la vendió no mucho tiempo después. Mi padre tira su sombrero en el asiento del acompañante, baja el vidrio de la ventanilla, y fuma. Yo me sacudo para desarmar las trenzas de mi pelo y me recuesto en el asiento de atrás, mirando por el vidrio de atrás. Me pregunto como será, este lugar pertenciente a los Kinsellas. Veo una mujer alta parada sobre mí, haciéndome tomar leche recién ordeñada, que todavía tiene el calor de la vaca. Veo otra, igual a ella pero más pequeña, con un delantal, echando masa de panqueques en una sartén, preguntándome si quiero otro, como hace mi madre algunas veces cuando está de buen humor. El hombre es de su tamaño. Me va a llevar al pueblo en el tractor y me comprará limonada roja y papas fritas. O me hará limpiar los galpones y sacar las piedras, arrancar ambrosía y acedera de los campos. Me pregunto si viven en una vieja granja o en una casa nueva de una planta, si tienen un baño afuera o adentro de la casa, con inodoro y agua corriente.
Pareciera que pasa una época, antes que el auto disminuya y doble en una senda angosta, asfaltada, que luego pasa sobre las barras de metal de un guardaganado. En ambos lados, bordes gruesos y cortados en escuadra. Al final del sendero , hay una casa blanca con árboles cuyas ramas se arrastran en el suelo.

“Pa,” le dijo. “Los árboles.”

“¿Qué pasa con ellos?”

“Están enfermos.” Le digo.

“Son sauces llorones,” dice, y se aclara la garganta.

En el frente, altas, brillantes ventanas reflejan nuestra llegada. Me veo a mi misma en el asiento trasero, tan salvaje como un chico de la calle, con mi pelo todo despeinado, pero mi padre, en el volante, se ve exactamente como mi padre. Un inmenso perro de caza suelto, deja escapar unos fuertes y descorazonados latidos, luego se sienta en un escalón y mira para atrás hacia la puerta, donde un hombre sale y se queda parado. Tiene un cuerpo cuadrado como los hombres que algunas veces dibuja mi hermana, pero sus cejas son blancas, como su pelo. No se parece en nada a la familia de mi madre, que eran todos altos, con brazos largos, y me pregunto si no hemos venido a la casa equivocada.

“Dan,” dice el hombre, y se pone duro. “¿Para donde vas?”

“John,” dice Pa.

Por un instante se quedan parados mirando el patio y después hablan de la lluvia, de lo poco que ha llovido, que el sacerdote de Kilmuckridge ha rezado para que llueva esta misma mañana, que nunca se ha visto antes un verano como este. Hay una pausa, en la que mi padre escupe, y luego la conversación sigue con el precio del ganado, la montaña de manteca de E.E.C., el precio de la lima y el lavado de las ovejas. Estoy acostumbrada, es la forma que tienen los hombres de no hablar: les gusta patear un terrón fuera del pasto con el taco de la bota, dar unas palmadas en el techo del auto antes de irse, sentarse con las piernas abiertas, como si no les importara.


Ilustración “ He hecho todo para sacarlos del nido, pero quizas la próxima vez podamos esperar hasta que rompan el cascarón.”


Cuando sale la mujer, no les presta atención a los hombres. Ella es incluso más alta que mi madre, con el mismo pelo negro, pero el de ella está cortado tirante como un casco. Usa una blusa estampada y marrón, pantalones acampanados. La puerta del auto está abierta y ella me hace bajar, y me besa.

“La última vez que te vi, estabas en el andador,” dice, y se queda parada, esperando una respuesta.

“El andador se rompió.”

“¿Qué fue lo que pasó?”

“Mi hermano lo usaba como una carretilla y se le salieron las ruedas.”

Se ríe, pasa la lengua por el dedo gordo para limpiar algo de mi cara. Puedo sentir su dedo, más suave que el de mi madre, limpiándome lo que sea. Cuando mira mis ropas, veo mi vestido de fino algodón, mis saldalias llenas de polvo a través de sus ojos. Ninguna sabe que decir. Una extraña, madura brisa cruza el patio.

“Entra, querida (a leanbh).”

Me lleva adentro de la casa. Hay un instante de oscuridad en el pasillo: cuando dudo, ella también duda conmigo. Caminamos hasta el calor de la cocina, donde me dice que tome asiento. Que me sienta como si estuviera en casa. Bajo el olor del horno, se percibe algún desinfectante, algo de lejía. Saca del horno la tarta de ruibarbo y la deja en la mesada. Unas rosas amarillo pálido están quietas como la jarra de agua en la que permanecen.

“¿Y cómo está tu mami?”

“Ella se ganó un billete de diez libras como premio en los bonos.”

“No.”

“Se lo ganó,” le digo. Todos comimos gelatina y helado y ella compró una cámara nueva para la bicicleta.”

Siento de nuevo los dientes del peine de acero sobre mi cuero cabelludo temprano esta mañana, la fuerza de las manos de mi madre haciéndome las trenzas apretadas, su panza en mi espalda, dura con el próximo bebé. Pienso en las bombachas limpias guardadas en la valija, la carta, y lo que ella habrá escrito. Las palabras que intercambiaron mi madre y mi padre:

“¿Cuánto tiempo se tienen que quedar con ella?”

“¿No pueden quedarse con ella el tiempo que ellos quieran?”



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Los Kinsellas son un clan irlandés.

La palabra “leanbh” es un antiguo modismo irlandés que significa niño, niña.

(Gracias a la traducción del querido Oscar Bracamonte que nos hace llegar este genial relato de Clarie keegan)