Un lugar maravilloso

-¿No vas demasiado deprisa? -preguntó ella.
-No -contestó él.
Al poco rato se salió de la carretera principal y tomó la estrecha bajada hacia el fiordo, llena de curvas.
-Todo está mucho más verde que la última vez -dijo ella.
-Sí -asintió él.
-Es como si la carretera se hubiera estrechado -comentó ella.
-No voy demasiado deprisa -dijo él.
Justo antes de llegar a la gran encina donde solían aparcar el coche, ella dijo que tenía la sensación de que algo iba mal. Lo decía siempre que se acercaban a la casa de verano, y el no contestó. Tal vez algún día tenga razón, pensón.
Aparcó el coche y la ayudó a ponerse la mochila que pesaba menos.
-Ve andando -dijo
-Te espero -contestó ella.
-Ahora te alcanzo -dijo él.
La alcanzó cuando había bajado la mitad del empinado camino casi cubierto por la vegetación. Estaba esperándolo.
-¿Pesa mucho? -preguntó él.
-No -contestó ella.
Siguieron andando. Al cabo de unos minutos la casa apareció a sus pies. Él se quedó atrás; ella siemore iba adelante los últimos metros. Abrió la verja de un empujón, y dijo:
-Alguien ha estado aquí.
-¿Ah sí?
-Puse una piedra sobre la columna de la puerta -explicó-, y ya no está.
-Bueno, bueno -dijo él-. La habrá agarrado alguien. Tenía algo de especial?
-No -contestó ella-, era una piedra normal y corriente.
Él cerró la puerta a su espalda de otro empujón.
-No me gusta que alguien haya estado aquí -dijo ella.
Él no contestó. Vio que el manzano estaba floreciendo y dijo:
-Mira el manzano.
-Sí -contestó ella-, que precioso está, ¿verdad?
Ella estaba ya junto a la puerta. Se quitó la mochila. Él se acercó a ella, dejó las bolsas de la compra al lado de la mochila y se sacó la llave del bolsillo.
-¿Vas a abrir tú? -preguntó.
-Hazlo tú -contestó ella.
Él abrió con la llave y entró. Dejó la mochila en la cocina y fue al salón. Abrió una ventana y se quedó mirando el fiordo. Ella lo llamó. Él acudió.
-Por favor, iza la bandera -dijo ella.
-¿Ahora? -preguntó él.
-Quiero que la gente sepa que estamos aquí.
La miró, luego fue por las bolsas y volvió a entrar. Sacó la bandera del cajón de la cómoda de la entrada.
-Era siempre lo primero que hacía mi padre cuando llegábamos aquí -dijo ella-. Izar la bandera.
-Sí -asintió él-, ya lo sé.
-No te importa hacerlo, ¿no?
-¿No ves que la he agarrado? -dijo él, acercándose al asta.

Estaban sentados a la mesa de la cocina. Acababan de comer. Ella miraba por la ventana hacia el tupio bosque.
-A que es un lugar maravilloso -dijo.
-Sí -contestó él.
-No creo que nadie tenga un lugar mejor -opinó ella.
Él no contestó.
-Pero me hubiera gustado haber quitado todos esos matorrales de la linde del bosque.
-¿Por qué? -preguntó él.
-Porque... no se puede ver lo que hay detrás.
-No están en nuestra finca -dijo él.
-Es cierto -repuso ella-, pero aún así... Mi padre los quitaba siempre.
Permanecieron un rato callados.
-Que vamos a hacer mañana? -preguntó ella.
-¿Vamos a hacer algo? -preguntó él.
-No lo sé -contestó ella-. Remar un poco. Hasta la isla Orm, por ejemplo.
-Aquí se está bien -repuso él.
-Claro que sí. Entonces nos quedamos aquí, ¿sí? Además, hay mucho que hacer.
-Mañana descansamos -apuntó él.
-Pero hay que vaciar la letrina -objetó ella.
-No corre prisa -dijo él.
-No siempre que se haga en algún momento.
Se encontraban en el muelle de cemento, el sol estaba a punto de ponerse.
-Me encanta este lugar -dijo ella.
Él no dijo nada.
-Ahí, justo ahí es donde me caí al agua.
-Sí -asintió él-, ya me lo has contado.
-Tendría unos cuatro años -prosiguió ella.
-Cinco -corrigió él.
-Sí, tal vez. Me di con la cabeza en una de esas piedras que ves ahí y me hice un profundo corte encima de la oreja, y si mi padre no me hubiera... ¿Qué ha sido eso?
-Algún animal -contestó él.
-Alguien ha llamado -dijo ella.
-No, parecía más bien un animal.
-Entremos a casa -dijo ella.
Subieron hasta la casa.
-Tenemos que acordarnos de arriar la bandera -dijo ella.
-No creo que sea necesario -objeto él.
-Siempre lo hemos hecho -dijo ella.
-Sí -asintió él-, ya lo sé.
-Hay una regla que dice que debe hacerse -señaló ella.
-Lo sé -dijo él.
-Quiero que lo hagas, Martín. Si no, lo haré yo.
-De acuerdo, de acuerdo, lo haré.

Al entrar dijo él:
-Voy a abrir una botella de vino.
-Si, ve.
Ella se sentó en el sofá. Él le sirvió vino en una copa.
-Gracias, así está bien -dijo ella.
Él se sirvió el doble y se sentó junto a la ventana.
-Ahí solía sentarse mi padre -señaló ella.
-Sí, ya me lo has dicho -contestó él-. ¿Y dónde se sentaba tu madre?
-¿Mi madre? Ella... ¿Por qué lo preguntas?
-Simplemente por curiosidad. Salud.
-Creo que solía sentarse aquí, en el sofá.
Bebió unos sorbos de la copa. Permanecieron callados. Él echó la silla un poco hacia atrás para poder contemplar el mar sin tener que volver la cabeza. Dio un sorbo.
-Qué silencio -dijo ella.
Él no contestó. Luego dijo:
-Hay un hombre ahí, en el cabo.
Ella se levantó y se acercó a la ventana.
-Está mirando hacia aquí -señaló ella.
Abrió la ventana.
-¿Para que abres la ventana? -preguntó él.
-Para que vea que hay alguien.
-¿Para qué?
-Para que se vaya. Ves, ya se ha ido.
Ella cerró la ventana y volvió a sentarse.
Él la miró.
-¿Por qué me mirás así? -preguntó ella.
-Simplemente te miro -contestó él-. Salud.
Vació la copa, se levantó, se acercó a la mesa y se sirvió más vino.
-Has cerrado la puerta con llave? -preguntó ella.
-No.
-¿Por qué no?
-Vamos a dormir -contestó él-. Nunca hemos cerrado con llave al acostarnos.
-Sólo esta noche -dijo ella.
-¿Por qué?
Ella no contestó. Él salió a la entrada, abrió la puerta y miró hacia la valla y el bosque. Luego cerró con llave. Permaneció unos segundos en la entrada en penumbra, oyendo sólo su propia respiración.
-¿Martín? -lo llamó ella.
Él acudió.
-Creí que habías salido -dijo ella.
Él no contestó. led dio un gran sorbo a su copa. Ella miró el reloj.
-Voy a acostarme enseguida -dijo.
-Sí, ve -dijo él.
-¿Tú te vas a acostar ya? -preguntó ella.
-Esperaré un poco. Me gusta estar aquí sentado mirando el mar.
-¿Verdad que sí? -dijo ella-. Verdad que este es un lugar maravilloso?
-Ya lo creo -contestó él, mirándola.
-Me parece que me estás mirando de un modo muy extraño -dijo ella.
-¿De veras? -preguntó él.
Ella vació la copa.
-Lo siente, pero tengo mucho sueño -dijo. Será de tanto aire fresco.
-Sí -contestó él-. Vete a dormir.

Estaba dormida. Él se desnudó y se metió debajo del edredón. Ella dormía de espaldas a él. Al cabo de un rato él le puso la mano en la cadera. Ella se quejó suavemente. Él dejó la mano donde estaba y notó cómo crecía su miembro. Movió la mano hacia abajo. El cuerpo de ella dio un respingo, como si le hubiera dado un calambre. Él retiró la mano y se volvió hacia el otro lado.

Había ido hasta el coche a buscar un trozo de cuerda. Al bajar, se detuvo junto a la verja y se quedó contemplando la casa y la finca. Luego tomó una piedra del suelo y la colocó sobre la columna de la puerta. Bajó hasta la parte delantera de la casa y siguió hasta el cobertizo del muelle, donde ella estaba tumbada leyendo. Colgó la cuerda de un gancho bajo el tejado, luego se sentó de espaldas a la pared, mirando el mar. Al cabo de unos minutos se acercó a ella. Ella levantó la vista y le sonrió.
-¿A qué es maravilloso?
-¿El qué? -preguntó él.
-Este lugar -contestó ella.
-Ya lo creo -asintió él.
-¿Por qué no vas por la otra colchoneta y te tumbas aquí al sol? -le sugirió ella.
Él no contestó. Miró hacia la casa y dijo:
-Las golondrinas aún no han llegado.
-Llegarán en cualquier momento -dijo ella-. Suelen llegar en este época.
-Si llegan -dijo él.
-Seguro que sí. Siempre lo han hecho. Una vez mi padre las vio llegar. Se metieron volando debajo de la misma teja que el año anterior.
-Sí, ya me lo has contado.
-Antiguamente se creía que cuando una golondrina construía su nido en una casa traía felicidad a lso que vivían en ella.
-Sí -dijo él, y se dispuso a subir a la casa.
Había colocado una reposera junto al manzano y estaba tumabdo mirando al bosque. De repente la oyó gritar su nombre y pensó que había sucedido algo. Se levantó y bajó hacia el muell. Ella estaba sentada, de espaldas al mar.
-¿Qué pasa? -preguntó él.
Le indicó con la mano que se acercara.
-Acabo de ver otra vez a ese hobre en el cabo.
-¿Y qué? -preguntó él.
-Te he llamado para que sepa que no estoy sola.
Él la miró.
-¿Tienes miedo de que venga a raptarte?
-Martín, no bromees -dijo ella.
Se quedó un rato mirándola, luego se dio vuelta y subió hacia la parte trasera de la casa.

Habían acabado de comer. Al oeste se veía un frente de nubes y el sol bajo había desaparecido tras ellas. Ella estaba sentada en el sofá leyendo; él, de pie junto a la ventana, contemplando el mar.
-Voy a abrir una botella de vino –dijo.
-Me parece bien –contestó ella.
Descorchó la botella y la colocó, junto con dos copas, en la mesa delante de ella. Le llenó la copa hasta el borde.
-¡Cuánto me has echado¡
-Sí –asintió él.
Cogió su copa y fue a sentarse en el sillón junto a la ventana.
-Parece que te gusta sentarte ahí –comentó ella.
-Sí –contestó él.
Ella siguió leyendo. Al cabo de un rato levantó la vista, y dijo:
-¿Has arriado la bandera?
-Sí –contestó él.
-¿De verdad?
-No –contestó él.
-¿Por qué has dicho entonces que sí? –preguntó ella.
Él no contestó. Luego dijo:
-Mañana iré a la ciudad a comprar un banderín.
-Ah no –dijo ella-, un banderín no, son tan… Nunca hemos puesto un banderín.
Él no contestó.
Ella dejó el libro, se levantó y fue a la cocina. Él la oyó abrir y cerrar la puerta de afuera, luego se hizo silencio. Dio un gran sorbo de vino, luego otro. Se acercó a la mesa a rellenar la copa. Se sentó de nuevo y contempló el fiordo. Al cabo de un rato sonó la puerta. La oyó abrir y cerrar la el cajón de la cómoda. Ella entró en el salón y se sentó en el sofá.
-Salud –dijo.
-Salud –contestó él.
Bebieron.
-He arriado la bandera –dijo ella-. Lo siento si crees que opino que eso debería ser cosa tuya.
Él no contestó.
-Como siempre lo habías hecho tú… -prosiguió ella-. No sabía que tuvieras algo en contra.
Él no contestó.
-¿Sabés? –dijo ella-, yo nunca lo había hecho. Siempre lo hacía mi padre. Y luego tú. Nunca he estado aquí sola.
-Ya lo sé –dijo él.

Llevaban basta rato callados. Ella leía. Él había apurado la copa y luego la había llenado de nuevo. Por fin ella dejó el libro y dijo:
-Creo que me está entrando el sueño. ¿Qué hora es?
-Las diez y diez –contestó él.
-Entonces no me extraña –dijo ella-. Hoy me he levantado muy temprano.
-Yo también voy a acostarme –dijo él.
-Por mí quedate un poco más –dijo ella, levantándose.
-Bueno –contestó él-. Entonces igual me quedo un rato más.
-Quiero decir –dijo ella-, todavía tienes la copa casi llena.
-Sí, ya sé.

Cuando la casa se quedó en silencio, él se puso el anorak y salió. Estuvo un rato en el muelle, luego echó a andar hacia el cabo. Un pálido gajo de luna se dibujaba sobre la colina al este. El aire no se movía y el gorgoteo del agua entre las piedras de la playa era casi imperceptible.
Permaneció unos minutos en la punta del cabo, luego volvió a buen paso a la casa. Al llegar, abrió otra botella de vino y se sentó en el sofá. Eran más de las once. Una hora más tarde la botella estaba vacía. Colocó las dos botellas vacías una al lado de la otra en la mesa y se levantó. Se quitó el anorak y lo dejó tirado en el sofá. Atravesó la cocina y subió la escalera, abrió la puerta del dormitorio y encendió la lámpara del techo. Ella estaba tumbada de espaldas sin moverse. Él se acercó al armario y sacó una manta. Un montón de bolas de naftalina rodó por el suelo. Volvió a cerrar la puerta del armario ruidosamente. Ella no se movía. Él le arrancó el edredón.
-¡Martín¡ -dijo ella.
-Tú quedate ahí¡ -dijo él.
-¿Qué pasa?
-Tú quedate ahí¡ -repitió él.
Y, sin más, se fue.

Estaba tumbada en el muelle. La vio desde la ventana del salón. Había recogido las botellas y las copas. El anorak seguía en el sofá.
Él salió de la casa y se acercó a la valla. Cogió la piedra que estaba encima de la columna de la puerta y la tiró, luego siguió andando por el camino.
Se metió en el coche y arrancó. Dio marcha atrás hasta la carretera, luego volvió al mismo sitio de antes marcha atrás, y apagó el motor. Permaneció un buen rato allí sentado, inmóvil, mirando el infinito.
Al volver a bajar se encontró con ella.
-¿Dónde has estado? –dijo ella.
-He ido ha dar una vuelta, eso es todo –contestó.
-Podrías haber avisado –dijo ella-. No te encontraba.
-Simplemente he ido a dar una vuelta –dijo él.
-Me he asustado –dijo ella.
-¿Por qué? –preguntó él.
-Deberías entenderlo, contestó ella- Primero lo de anoche, y luego esto.
-Olvidate de lo de anoche –dijo él.
Ella lo miró.
-Me asusté mucho –dijo ella.
-¿En serio? –dijo él.
Empezó a bajar la cuesta, camino a la casa. Ella lo siguió. Estaba sentado en la puerta del muelle contemplando el fiordo. Ella estaba tumbada detrás de él tomando el sol. Dijo:
-¿No es un lugar maravilloso?
-Ya lo creo –contestó él.


(Kjell Askildsen)

1 comentarios:

Vir dijo...

GRACIAS GRACIAS GRACIAS por subir a internet este cuento espectacular de Askildsen, que no encontraba por ningún lado y quería hacerle leer a mi marido luego de nuestras patéticas vacaciones!! jajajaj