Monstruos felices



Monstruos perfectos, de Miguel Ángel Molfino

“Hay cosas a las que no se les puede decir adiós”


Monstruos Perfectos, la novela del escritor Miguel Ángel Molfino, chaqueño por adopción pero nacido en Capital Federal y exiliado en México durante la última dictadura, explora lo mejor del género policial “negro” estadounidense. Periodista y escritor, colabora en Página 12, Miradas al Sur y La Voz del Interior.


Ya en las primeras páginas de la novela, el autor nos hace una advertencia rigurosa. Quizá emulando a los grandes del género de no ficción, nos advierte que los hechos narrados sucedieron en alguna parte de la Provincia del Chaco, en una fecha determinada, 1968, y que si ha tenido que recurrir a la ficción lo ha hecho, más que nada, por la necesidad del relato.
Para empezar, entonces, a leer esta historia, se podría partir de dos lecturas posibles aunque bien distintas. Como una historia verdadera, en tanto más ligada al género periodístico, o como un relato incierto, y de esta manera, más cercano a la ficción. ¿Importa realmente? ¿Acaso esto cambia algo?
Juan José Saer solía decir que la ficción se mantiene distante tanto de los profetas de lo verdadero como de los eufóricos de lo falso. “La paradoja propia de la ficción –decía– reside en que, si recurre a lo falso, lo hace para aumentar su credibilidad”. De ahí que la verdad no es necesariamente lo contrario de la ficción y que cuando se opta por la ficción no es con el propósito de tergiversar la verdad.
Lo cierto es que si aceptamos las reglas y convenciones propias de la novela, no necesitamos ir al lugar de los hechos para comprobar si lo que se narra ocurrió realmente o no. La verdad que nos transmite la literatura es una verdad mucho más íntima. Y, por tanto, no necesitamos ir al Chaco para saber si lo que nos cuenta Molfino es o no cierto. Basta con leer Monstruos Perfectos. Y aceptarla como tal.

Los monstruos felices

Sin renunciar a la poesía o al humor, valiéndose de las herramientas del policial negro estadounidense, con acertados diálogos y sólido personajes, Molfino nos narra una historia que, por increíble que parezca, habla de nosotros. De nosotros como seres humanos aunque también –y quizá más- como sociedad.
Recreada en los paisajes del litoral, entre el calor asfixiante y pegajoso del Chaco, en un pueblo cuyo nombre recuerda los más lejanos e insólitos lugares por los que andaban los bandidos rurales de otros tiempos: Estero del muerto, un caserío desperdigado de una sola calle, la historia se sumerge en las andanzas de los que están fuera de la ley, y también, por qué no, de los que no tanto.
A partir de un asesinato inexplicable, una serie de eventos se desarrollarán, llevando el hilo de la narración hacia lugares casi imposibles, con un final donde no siempre triunfan los buenos. Con esa dosis de intriga y tensión, propia de los buenos relatos, la historia acompaña la transformación de los personajes, todos teñidos de sangre y maldad, aunque nunca en igual medida.
¿Habrá algo mal en nosotros?, se preguntará Miroslavo, quien después de presenciar el asesinato de sus propios padres, de inocente adolescente pasará a convertirse en un criminal impiadoso, siguiendo las enseñanzas de Hansen, un narcotraficante de armas de poca monta, que lo inicia en la materia. Sin embargo, no siempre los monstruos son tan monstruos. O mejor aún. Los hay peores. Como el comisario Velarde, un sucio y mediocre funcionario de la justicia, o Maciel, un prestigioso abogado que trama sus delitos a espaldas de ley.
Molfino rastrea así en la mente criminal para extraer los monstruos más temidos, o para recordarnos quizá que no hay acciones buenas o malas, sino sólo acciones. Como solía decir el pintor español Francisco de Goya, “los sueños de la razón engendran monstruos”, al ver cómo su realismo se desdibujaba en formas más bien extrañas, mucho “menos reales”, pero que al mismo tiempo, al observador debieron impactarle más o tanto como las bombas napoleónicas que le caían al paso. Los monstruos de Molfino, en mayor o menor medida, parecieran querer decirnos que tal vez todos seamos un poco monstruos. O convivimos, al menos, con esa naturaleza.

Recuadro

La novela Monstruos Perfectos, de Miguel Ángel Molfino, junto a Lagunas, de Germán Parmatler y La crisálida, de Augusto Porporato, éstas dos últimas de reciente edición, inauguran la colección Viceversa, proyecto encarado conjuntamente entre el Ministerio de Educación y el Instituto de Cultura de la Provincia del Chaco, la editorial Cuna, y la editorial cordobesa Recovecos.
Sin desconocer las dificultades de este tipo de encuentros, entre actores diversos, lo cierto es que cuando se concretan pueden darnos grandes satisfacciones. Ya que no sólo accedemos a nuevos autores, conocemos otros panoramas y temáticas sino que se establecen circuitos de circulación diferentes, en diálogo con otras regiones de la literatura argentina, tan porteñocéntrica a veces.
La apuesta es, sin lugar a dudas, interesante. Con ediciones muy cuidadas, el camino que traza es el de una nueva política editorial, no preocupada tanto ni por el quién o por el cómo sino más bien por el qué. Qué se publica. La estética y el respeto por la palabra. Viceversa es una ida y vuelta entre chaqueños y cordobeses. Se editan acá pero se presentan y se leen allá o se presentan acá y viceversa.

(Publicada en la gaceta de crítica y cultura, Deodoro)