Recta Martinoli

1. Son las seis de la mañana. La piel seca se me agrieta a causa del frío. Ni qué hablar de la espantosa helada que está cayendo sobre los techos, la escarcha que en pocas horas cubrirá el pasto de blanco. Me froto las manos, una contra la otra como si fuera a encender un fuego con un palito, utilizo mi aliento para cortar el aire helado y darles un alivio. Cuando no estoy caminando, trato de no quedarme quieto ni un segundo, dando saltitos o pequeños pasos en el lugar para no congelarme: aún faltan dos horas para las ocho, pienso. Ciento veinte minutos que parecen una eternidad y en los que, además, debo permanecer bien alerta, porque es cuando los chicos, la mayoría de veces borrachos o muertos del cansancio, regresan del boliche. Parece que soy el único pelotudo que labura un sábado a la noche.
Con la linterna alumbro el frente de las casas, entre las plantas. Sólo las que pagan, claro: esas se encuentran bajo mi protección. Porque hay quienes se resisten siquiera a hacerme un aporte por fuera de la compañía. Yo aceptaría cualquier cosa, si igual tengo que pasar la noche acá. Traté de hablar con varios dueños pero cuando me acerco se suben rápido a los autos, no me dan tiempo a nada, ni a explicarles. Yo a esos los dejo, les doy la espalda: ojalá les caguen choreando. Faltaría que después me acusen a mí, encima.
Mi recorrido es simple y siempre el mismo, prácticamente una línea: Ticho Brahe, entre Pascal y la Recta, ida y vuelta. Por suerte la YPF me queda al toque y cada tanto me hago un llegue y tomo algo caliente: un café o un té. Charlo con los playeros para matar el tiempo. Alcohol no, no mientras trabajo. Debo ser el único boludo que no toma alcohol un sábado a la noche.

Ahora estoy justo frente a la estación: hay una Kangoo cargando nafta. El dueño debe haber bajado para apurar el trámite de la tarjeta, de lo contrario no se entiende que el surtidor siga abierto. ¿Y el playero? ¿Será el José? Siempre hace lo mismo el boludo, pone la manguera y se va. Cuando la puerta corrediza se abre y un tipo sale caminando hacia atrás, recién ahí me doy cuenta: en el piso, se ven las botas inconfundibles del José. Saco el arma y corro hacia la estación.

2. Los autos se hallan estacionados, uno detrás del otro, junto a la hilera de árboles que rodean al La salle. Por ahora son sólo cuatro alfiles pelados de un tablero sin fichas, aunque, seguramente, el número de coches se amplíe a lo largo de la noche. Las luces naranjas de la calle reflejan mejor el color plateado de las hojas de los plátanos. Es una luz oblicua que ilumina, además, el interior de los vehículos. Se puede ver con claridad a sus ocupantes, charlando y pasándose el mate; o con un termo de café, otros, simplemente aguardan en sus asientos.
En un Palio hay una pareja. El hombre fuma con la ventanilla baja mientras que la mujer, con los pies apoyados en la guantera, se lima las uñas. Cada uno en sus cosas y en silencio. Suena un tema de R.E.M: Man on the moon, y el tipo sube el volumen. Ella no le presta atención. Sigue arreglándose las manos con una destreza increíble a la luz del alumbrado público. El hombre mira por los espejos retrovisores: sólo algunos pocos autos pasan por la Recta. Los semáforos titilan intermitentes, amarillos. Una brisa mueve apenas las ramas de los árboles.
La última bocanada es larga y profunda y casi con asco termina el cigarrillo arrojándolo a la vereda. Ya no sabe qué más hacer. Y eso que el colegio abrirá sus puertas recién a las siete: faltan exactamente cinco horas, piensa. ¿Habrán hecho lo mismo los viejos para inscribirme a mí?
¿Qué dijiste?
No, nada.
Ella se da vuelta, reclina el asiento y se acuesta.
Me tiro un ratito.
Dale, yo me quedo, dice él.
Baja el volumen, reposa la nuca en la cabecera del asiento. Su mirada se topa con la fachada del La Salle. Los recuerdos le vienen como olas, arbitrariamente y sin ningún orden: los campeonatos de fútbol, el mal aliento de la vieja de física, los fogones en el campo de deporte, la chupina en el día de su cumpleaños, o la vez cuando le quemaron la carpeta al Sifón, pobre Sifón, encima se había llevado la materia y todavía tenía que rendirla. Entre los recuerdos se entremezcla un sonido indescifrable. Recuerda el ventilador ruidoso y las paletas llenas de mayonesa y el pizarrón salpicado y la cara, entre incrédula y despavorida, de la profesora de matemática mientras se miraba la ropa. El sonido sigue como una radio mal sintonizada, un auto con el escape suelto…
¿Qué? ¿Qué pasó?
Es mi vieja, dice que Francisco no para de llorar y que pide por nosotros, que si no, no se va a dormir. Dice que vayamos.
Vamos a perder el lugar.
Qué importa, Rafael.

8 comentarios:

Nano dijo...

Leeeendo, recuerdo tantísimos de esos. Pobre sifón, culiaa

kike dijo...

muy bueno, locura

tenei esa habiidad de hacerlo meter a uno en el escenario del hecho

soi guanaco, eh

Anónimo dijo...

"Yo a esos los dejo, les doy la espalda: ojalá les caguen choreando"

O sea que porque no te dan plata no los ayudarías, si vez que les chorean los dejarías chorear... cualquiera.

Espero que alguna vez te estén choriando y como no me pagas para que te cuide te voy a dar la espalda y dejar que te quiten todo, ayudarte?... na, cagarme de risa de vos por idiota.

Repito: "ojalá les caguen choreando" que bueno, espero que alguien te lo desee a vos también.

Adeus.

JQ dijo...

ah, na! jajajaja! qué hijo...!

no entendés ni entendiste nada
¿en serio sos seguridad?

Gracias por el comentario, aunque no lo creas, le hacés un gran favor a la nota...

abrazo

Kike, Nano... aguante Talleres!

martín m. dijo...

hola javier! sos un exelente narrador che. lo digo también por el cuento en la antología, ya lo leí. te felicito, loco. y me gustaría que me mandes eso que hablamos. un abrazo.-

JQ dijo...

martín: gracias, loco, en serio. nos ponemos en contacto en estos días.

kike dijo...

facha, cuidado que anda mucho facho dando vuelta y también mucho hincha de belgrano riéndose de la desgracia ajena

abrazo

JQ dijo...

sí, quique, pero fijate que siempre la van de anónimos

gracias y abrazo