Después de varias semanas, voy entibiando el regreso con una entrevista que me gustó:
"Necesitamos urgente el mito de la política"
Qué estás leyendo
Invierno en West Granton
Tommy tiene buen aspecto. Es aterrador. Va a morir. En algún momento entre las próximas semanas y los próximos quince años, Tommy dejará de existir. Lo más seguro es que yo esté exactamente igual. La diferencia es que en el caso de Tommy lo sabemos.
Todo bien, Tommy, digo. Tiene muy buen aspecto.
Sí, dice. Tommy está sentado en un sillón destrozado. El aire huele a humedad y a basura que debería haber sido sacada hace siglos.
¿Cómo te encuentras?
No estoy mal.
¿Quieres que hablemos del tema?, tengo que preguntarle.
La verdad es que no , dice, como suele hacerlo.
Toma asiento torpemente en una silla idéntica. Está dura, y se notan los muelles de la superficie. Hace muchos años que ésta era la silla de un tipo rico. Sin embargo, lleva un par de décadas en hogares pobres. Ahora ha acabado junto a Tommy.
Ahora veo que Tommy no tiene tan buen aspecto. Hay algo que le falta, alguna parte de él; como si fuese un rompecabezas sin completar. Es más que el shock o la depresión. Es como si una parte de Tommy ya hubiese muerto y estuviese buscándola. Ahora me doy cuenta de que por lo general la muerse es un proceso, más que un suceso. Generalmente la gente se muere poco a poco, acumulativamente. Se pudren lentamente en residencias u hospitales, o sitios como éste.
Tommy no puede salir de West Granton. Ha cagado las cosas con su madre. Éste es uno de los pisos con venas varicosas, así llamados a causa de las grietas enyesadas que cubren su fachada. Tommy lo consiguió a través de la línea telefónica de emergencia del Ayuntamiento. Quince mil personas en la lista de espera y naide quería éste. Es una prisión. En realidad no es culpa del Ayuntamiento; el gobierno les obligó a vender todas las casas buenas, dejando la escoria para los tipos como Tommy. En términos políticos encaja a la perfección. Aquí no hay votos para el gobierno, así que ¿por qué te vas a molestar en hacer algo por gente que no te va a apoyar? Moralmente, es otra cosa. Pero ¿qué tiene que ver la moral con la política? Tiene que ver sólo con la guita.
¿Qué tal Londres?, pregunta.
No está mal, Tommy. Más o menos como acá, ¿sabés?
Sí, seguro, dice sarcásticamente.
Sobre la pesada puerta reforzada con contrachapado habían pintado "apestado" en grandes letras negras. "Sidoso y yonqui" también. Los niños pirados acosan a cualquiera. Nadie le ha dicho nada a la cara a Tommy aún. Tommy es un hijo de puta que está chachas, y cree en lo que Begbie llama disciplina del bate de béisbol. También tiene colegas duros, como Begbie, y colegas no tan duros, como yo. A pesar de esto, tommy se volverá más vulnerable a la persecución. Sus amigos se reducirán en número al ir aumentando sus necesidades. Las matemáticas invertidas, o pervertidas, de la vida.
¿Tú te hiciste la prueba?, dice.
Sí.
¿Limpio?
Sí.
Tommy me mira como si estuviera enfadado y suplicando, ambas cosas a la vez.
Vos te picaste más que yo. Y compartías herramientas. Las de Sick Boy, Keezbo, Raymie, Spud, Swanney... empleaste las de Matty, me cago en todo. !Decime que nunca usaste las herramientas de Matty!
Nunca compartí, Tommy. Todo el mundo lo dice, pero nunca compartí, en todo caso, no en los chutódromos, le dije. Es curioso, me había olvidado por completo de Keezbo. Lleva un par de años encerrado. Hace siglos que tenía la intención de ir a visitar al imbécil. Sé no obstante que ese momento nunca llegará.
!Mierda pura! !Cabrón! !Tú compartiste, cojones! Tommy se inclina haci adelante. Está empezando a llorar. Recuerdo haber pensado que si él lo hacía quizá yo también lo hiciera y eso. Todo lo que siento, sin embargo, es una ira horrible y asfixiante.
Nunca compartí, sacudo la cabeza.
Se sienta otra vez y sonríe para sí, sin mirarme siquiera, mientras habla reflexivamente, ahora isn ninguna amargura.
Es curioso cómo resulta todo, ¿eh? Fueron tú y Spud y Sick Boy y Swanney los que me metieron en esto de la heroína. Yo solía sentarme y chupar con Segundo Premio y Franco y reírme de ustedes, y llamarlos los primos más ingenuos del mundo. Entonces corté con Lizzy, ¿te acuerdas? Fui a tu casa. Te pedí un pico. Pensé: A la mierda, probaré lo que sea una vez. No he parado de probarlo una vez desde entonces.
Me acuerdo. Cristo, sólo hace unos pocos meses. Algunos pobres cabrones simplemente están mucho más predispuestos hacia la adicción a ciertas drogas que otros. Como Segundo Premio con el alcohol. Tommy se metió en el jaco con pasión. En realidad nadie puede controlarlo, pero he conocido a algunos hijos de puta, entre ellos yo, que se defienden. Lo he dejado varias veces. Dejarlo y volver a picarse es como ir a la cárcel. Cada vez que vas a la cárcel, disminuye la probabilidad de que alguna vez estés libre de ese tipo de vida. Es igual cada vez que vuelves al caballo. Disminuyes tus posibilidades de ser capaz de prescindir de él algún día. ¿Fui yo el que animó a Tommy a meterse el primer pico simplemente por tener las herramientas ahí afuera? Es posible. Es probable. ¿Cómo de culpable me hace eso? Bastante.
De verdad que lo siente, Tommy.
No sé qué mierda hacer, Mark. ¿Qué voy a hacer?
Me limito a sentarme con la cabeza algo inclinada. Quería decirle a Tommy: sigue con tu vida. Es todo lo que puedes hacer. Cuídate. Quizá no enfermes. Fíjate en Davie Mitchell. Davie es uno de los mejores colegas de Tommy. Es seropositivo y nunca ha tomado jaco en la vida. Sin embargo, Davie está bien. Lleva una vida normal, bueno, una vida tan normal como la de cualqueir tipo que yo conozca.
Pero sé que Tommy no puede permitirse los gastos de calefacción de este cuchutril. No es Davie Mitchell, ya no digamos Derek Jarman. Tommy no puede meterse en una burbuja, vivir al sol, comer buena comida fresca, mantener estimulada su mente con nuevos desafíos. No vivirá ni cinco, diez o quince años antes de ser triturado por la neumonía o el cáncer.
Tommy no sobrevivirá al invierno en West Granton.
Lo siento, colega. De verdad que lo siento, me limito a repetir.
¿Tienes algo de tema?, pregunta, levantando la cabeza y mirándome directamente a los ojos.
Ahora estoy desenganchado, Tommy. Cuando se lo digo, ni siquiera me mira con escarnio.
Subvencióname, pues, colega. Estoy esperando el cheque del alquiler.
Revuelvo en mis bolsillos y saco dos billetes de cinco arrugados. Estoy pensando en el funeral de Matty. Todo apunta a que el de Tommy será el siguiente y no hay una puta mierda que nadie pueda hacer al respecto. Sobre todo yo.
Agarra el dinero. Nuestros ojos se encuentran y entre nosotros sucede algo. No lo puedo definir, pero es algo realmente bueno. Está ahí durante un segundo; y después desaparece.
(Irvine Welsh, Trainspotting)
Tommy tiene buen aspecto. Es aterrador. Va a morir. En algún momento entre las próximas semanas y los próximos quince años, Tommy dejará de existir. Lo más seguro es que yo esté exactamente igual. La diferencia es que en el caso de Tommy lo sabemos.
Todo bien, Tommy, digo. Tiene muy buen aspecto.
Sí, dice. Tommy está sentado en un sillón destrozado. El aire huele a humedad y a basura que debería haber sido sacada hace siglos.
¿Cómo te encuentras?
No estoy mal.
¿Quieres que hablemos del tema?, tengo que preguntarle.
La verdad es que no , dice, como suele hacerlo.
Toma asiento torpemente en una silla idéntica. Está dura, y se notan los muelles de la superficie. Hace muchos años que ésta era la silla de un tipo rico. Sin embargo, lleva un par de décadas en hogares pobres. Ahora ha acabado junto a Tommy.
Ahora veo que Tommy no tiene tan buen aspecto. Hay algo que le falta, alguna parte de él; como si fuese un rompecabezas sin completar. Es más que el shock o la depresión. Es como si una parte de Tommy ya hubiese muerto y estuviese buscándola. Ahora me doy cuenta de que por lo general la muerse es un proceso, más que un suceso. Generalmente la gente se muere poco a poco, acumulativamente. Se pudren lentamente en residencias u hospitales, o sitios como éste.
Tommy no puede salir de West Granton. Ha cagado las cosas con su madre. Éste es uno de los pisos con venas varicosas, así llamados a causa de las grietas enyesadas que cubren su fachada. Tommy lo consiguió a través de la línea telefónica de emergencia del Ayuntamiento. Quince mil personas en la lista de espera y naide quería éste. Es una prisión. En realidad no es culpa del Ayuntamiento; el gobierno les obligó a vender todas las casas buenas, dejando la escoria para los tipos como Tommy. En términos políticos encaja a la perfección. Aquí no hay votos para el gobierno, así que ¿por qué te vas a molestar en hacer algo por gente que no te va a apoyar? Moralmente, es otra cosa. Pero ¿qué tiene que ver la moral con la política? Tiene que ver sólo con la guita.
¿Qué tal Londres?, pregunta.
No está mal, Tommy. Más o menos como acá, ¿sabés?
Sí, seguro, dice sarcásticamente.
Sobre la pesada puerta reforzada con contrachapado habían pintado "apestado" en grandes letras negras. "Sidoso y yonqui" también. Los niños pirados acosan a cualquiera. Nadie le ha dicho nada a la cara a Tommy aún. Tommy es un hijo de puta que está chachas, y cree en lo que Begbie llama disciplina del bate de béisbol. También tiene colegas duros, como Begbie, y colegas no tan duros, como yo. A pesar de esto, tommy se volverá más vulnerable a la persecución. Sus amigos se reducirán en número al ir aumentando sus necesidades. Las matemáticas invertidas, o pervertidas, de la vida.
¿Tú te hiciste la prueba?, dice.
Sí.
¿Limpio?
Sí.
Tommy me mira como si estuviera enfadado y suplicando, ambas cosas a la vez.
Vos te picaste más que yo. Y compartías herramientas. Las de Sick Boy, Keezbo, Raymie, Spud, Swanney... empleaste las de Matty, me cago en todo. !Decime que nunca usaste las herramientas de Matty!
Nunca compartí, Tommy. Todo el mundo lo dice, pero nunca compartí, en todo caso, no en los chutódromos, le dije. Es curioso, me había olvidado por completo de Keezbo. Lleva un par de años encerrado. Hace siglos que tenía la intención de ir a visitar al imbécil. Sé no obstante que ese momento nunca llegará.
!Mierda pura! !Cabrón! !Tú compartiste, cojones! Tommy se inclina haci adelante. Está empezando a llorar. Recuerdo haber pensado que si él lo hacía quizá yo también lo hiciera y eso. Todo lo que siento, sin embargo, es una ira horrible y asfixiante.
Nunca compartí, sacudo la cabeza.
Se sienta otra vez y sonríe para sí, sin mirarme siquiera, mientras habla reflexivamente, ahora isn ninguna amargura.
Es curioso cómo resulta todo, ¿eh? Fueron tú y Spud y Sick Boy y Swanney los que me metieron en esto de la heroína. Yo solía sentarme y chupar con Segundo Premio y Franco y reírme de ustedes, y llamarlos los primos más ingenuos del mundo. Entonces corté con Lizzy, ¿te acuerdas? Fui a tu casa. Te pedí un pico. Pensé: A la mierda, probaré lo que sea una vez. No he parado de probarlo una vez desde entonces.
Me acuerdo. Cristo, sólo hace unos pocos meses. Algunos pobres cabrones simplemente están mucho más predispuestos hacia la adicción a ciertas drogas que otros. Como Segundo Premio con el alcohol. Tommy se metió en el jaco con pasión. En realidad nadie puede controlarlo, pero he conocido a algunos hijos de puta, entre ellos yo, que se defienden. Lo he dejado varias veces. Dejarlo y volver a picarse es como ir a la cárcel. Cada vez que vas a la cárcel, disminuye la probabilidad de que alguna vez estés libre de ese tipo de vida. Es igual cada vez que vuelves al caballo. Disminuyes tus posibilidades de ser capaz de prescindir de él algún día. ¿Fui yo el que animó a Tommy a meterse el primer pico simplemente por tener las herramientas ahí afuera? Es posible. Es probable. ¿Cómo de culpable me hace eso? Bastante.
De verdad que lo siente, Tommy.
No sé qué mierda hacer, Mark. ¿Qué voy a hacer?
Me limito a sentarme con la cabeza algo inclinada. Quería decirle a Tommy: sigue con tu vida. Es todo lo que puedes hacer. Cuídate. Quizá no enfermes. Fíjate en Davie Mitchell. Davie es uno de los mejores colegas de Tommy. Es seropositivo y nunca ha tomado jaco en la vida. Sin embargo, Davie está bien. Lleva una vida normal, bueno, una vida tan normal como la de cualqueir tipo que yo conozca.
Pero sé que Tommy no puede permitirse los gastos de calefacción de este cuchutril. No es Davie Mitchell, ya no digamos Derek Jarman. Tommy no puede meterse en una burbuja, vivir al sol, comer buena comida fresca, mantener estimulada su mente con nuevos desafíos. No vivirá ni cinco, diez o quince años antes de ser triturado por la neumonía o el cáncer.
Tommy no sobrevivirá al invierno en West Granton.
Lo siento, colega. De verdad que lo siento, me limito a repetir.
¿Tienes algo de tema?, pregunta, levantando la cabeza y mirándome directamente a los ojos.
Ahora estoy desenganchado, Tommy. Cuando se lo digo, ni siquiera me mira con escarnio.
Subvencióname, pues, colega. Estoy esperando el cheque del alquiler.
Revuelvo en mis bolsillos y saco dos billetes de cinco arrugados. Estoy pensando en el funeral de Matty. Todo apunta a que el de Tommy será el siguiente y no hay una puta mierda que nadie pueda hacer al respecto. Sobre todo yo.
Agarra el dinero. Nuestros ojos se encuentran y entre nosotros sucede algo. No lo puedo definir, pero es algo realmente bueno. Está ahí durante un segundo; y después desaparece.
(Irvine Welsh, Trainspotting)
Nos mean y Clarin dice que llueve

Recomiendo para seguir el debate ingresar
Perez Esquivel, Campanella, Capussoto, Dolina, Lanata, Aliverti, entre otros.
“Leer es la solución mágica a todo”
foto gentileza de Milton Muller
Entrevista a Pablo Ramos
Con su primer libro de cuentos ganó el premio Fondo Nacional de las Artes (Argentina) y el Premio Casa de las Américas (Cuba). Su primera novela ya lleva 14 mil ejemplares vendidos.
Pablo Ramos, letras nuevas desde el Gran Buenos Aires.
La casa es una casona antigua que poco tiene que ver con la de edad de Pablo Ramos. Mucho menos con los años que hace que escribe: “Yo soy un tipo raro, tengo 42 años y empecé a escribir de grande, cuando tenía 35, antes escribía pero para mí”. Y como su vida, el salto a la literatura fue vertiginoso.
Antes de dedicarse de lleno a la literatura, se desempeñó en una múltiple y variada gama de oficios: canillita, repartidor de flores, electricista, tuvo una empresa enorme (la encargada de transformar los supermercados Americanos a Discos), fue dibujante, ayudante de cocina, vendió libros en la calle, no terminó la secundaria pero hizo de todo.
“Vení, seguime”. Avanzamos por un patio interno convertido ahora en taller literario donde hay una mesada, tazas y migas y cuatro sillas mal tapizadas. “Sentate, ponete cómodo”. Ramos pasa una rejilla por la mesa y se fija la hora en el celular.
_Da la sensación, por la verosimilitud de tus historias y los pasajes de tus novelas, que las experiencias que contás difícilmente puedan alcanzarse por la pura invención. Me preguntaba si esto era así y cuánto había de autoreferencial en lo que escribís.
_Las experiencias que cuento son absolutamente inventadas. Lo que pasa es que la gente entiende muy poco de literatura. Entonces, a primera vista, la imaginación de Tolkien es mucho más rica que, por ejemplo, la de Charles Bukowski. Eso significa no entender nada de literatura. Me parece que una imaginación como la de Bukowski o la de Raymond Carver, que tratan de componer una historia con un profundo conflicto moral o humano usando una mesa, las virtudes y los defectos de esa mesa en la realidad, usando una persona o una radio, ahí la cosa se complica más. Nadie puede salir volando a solucionarte nada, nadie es eterno ni extraordinariamente bello, ni extraordinariamente valiente. Y con ese manejo de defectos y limitaciones estos tipos cuentan una historia que trata de volverse universal y de retratar a un héroe más verdadero. Yo creo en esto que decía Onetti en El pozo, los hechos están vacíos del alma de los hechos. A lo que me refiero es que nadie va a encontrar detalles de mi vida privada en lo que yo escribo.
_Pero es cierto que hay una imagen tuya que pareciera que todo aquello sobre lo que escribís tendría que ver con tu vida, ¿vos jugás un poco con eso?
_ Pero seguro que sí, es que de alguna manera me pasó y si no me pasó, como dice Carson Mac Culler, me va a pasar. Soy una persona que está todo el tiempo pensando o viviendo en medio de la literatura. Hace siete años que sólo me dedico a esto. Vivo en un mundo que prácticamente se podría decir que tiene razón de ser por el simple hecho de que cabe la posibilidad de que en algún momento del día escriba.
INFANCIA, PADRES Y MAESTROS
_ En el “Origen de la tristeza” retomás el tema de la infancia y en “La ley de la ferocidad”, el tema de la muerte del padre. Dos grandes momentos para una persona y dos grandes temas de la literatura clásica. En lo personal, ¿qué representan para vos?
_ El padre para mí es el tema. Y la infancia también, lo decía Rilke: cómo una persona que escribe lo que yo escribo no va a ir a buscar donde empezó todo, algún momento de la infancia donde se habrá hecho o se habrá forjado este que soy ahora. Y bueno, siguiendo el consejo de Rilke, la primera historia que pensé en escribir desde que me dieron ganas de escribir, es una historia sobre el fin de la infancia de un chico de mi generación. Es decir, en los 80`, cuando a mí realmente me pasó que mataron a un amigo en uno de esos casos de gatillo fácil de la zona Sur. Eso quedó siempre conmigo, y un día dije bueno, yo voy a escribir una historia y esto va ser el instante que marque el relato. Claro que no es una muerte gratuita, lo acompaña un comienzo de desintegración social, termina el proceso militar con todo el daño que esto causa, el padre pierde el taller, empieza a cambiar ese país que parecía que tenía un proyecto, le guste o no le guste a mucha gente, el proyecto peronista era un proyecto, y había una idea de pertenecer a un lugar y a una clase social y eso es lo que se perdió para siempre. Imaginate que yo vivía cerca de Avellaneda, en Dock Sud, donde las puertas de la calle quedaban abiertas con el picaporte del lado de afuera. Era como la libertad que nosotros teníamos. Mis personajes no son marginales, están todo el día en la calle, una calle alucinante aparte. Es terrible en lo que se convirtió esto, y creo que esa tristeza se potencia, pues se convierte en algo universal, en algo que identifica a los otros.
Dos personas llegan poco después, un chico que se me sienta enfrente y una mujer rubia y alta, de unos 40 años, que saca unas hojas sueltas e impecables y las coloca a su lado para que más tarde, Ramos, las ensucie con su rigurosa tinta roja, mucha tinta roja: “Pasaron cuatro años desde que terminé los cuentos de mi primer libro (Cuando lo peor haya pasado, Alfaguara 2003) hasta que los publiqué. Durante ese tiempo me dediqué sólo a corregirlos. El que dice que no corrige, miente. O no es escritor”.
_En muchas entrevistas vos reconocías la importancia de tener un maestro, y mencionabas a Liliana Heker. ¿Se aprende a escribir? ¿Qué diferencia hay entre un tallerista y un escritor?
_Tener un maestro es fundamental. Yo creo que no hay ninguna diferencia. Un escritor es una persona que escribe y es literatura la que hace un escritor. Y creo que eso es lo que más respetan los alumnos de mí, porque yo no mantengo ninguna distancia con ellos.
_ ¿La literatura puede cambiar el mundo?
_ Claro que la literatura puede cambiar el mundo, cómo no lo va a poder cambiar, de hecho lo cambia. Yo soy un lumpen menos gracias a la literatura. Soy un infeliz menos gracias a la literatura. Creo que si una persona llevara un diario todos los días, los psicólogos tendrían menos trabajo, sin lugar a dudas, porque escribir, esto que decía Santa Teresa, ordena el alma. Ella decía algo así como que las palabras alistan el alma, la ordenan, llevan a las acciones y la mueven hacia la ternura. Si alguien es capaz de moverse hacia la ternura, el mundo va ser un mundo mejor. Lo que pasa es que los tiempos en los que el mundo necesita ser cambiado debería ser por decreto de necesidad y urgencia. Nos estamos hundiendo a pasos acelerados. Pero es mentira que la literatura sea algo inútil, es mentira esta actitud que tienen tipos que le van de Bukowski cuando presentan un libro y que escriben como el culo, escriben con un compromiso cero, con una dedicación cero, dan charlas para la tribuna. Las cosas buenas no nacen de una ocurrencia burguesa, las cosas buenas nacen de una necesidad profunda y visceral.
Etiquetas:
Entrevistas
Semanario
últimamente mi vida está atada a los saltos que puede darme un niño de un año y medio, mi hijo. cuando es alegría es tanta la felicidad que nunca me hubiera imaginado que existiera esa sensación. cuando es sueño el llanto es devastador, insoportable. pero hace unos días que a mi hijo se le dio por dejar de comer y dedicarse a jugar con la comida. cada uno de mis pantalones y buzos, zapatillas o camisas padecen las sistemáticas reacciones de santiago, llamase pedazo de zapallo o fruta, milanesa o mermelada. mientras tanto cumplo años y recibo regalos, libros que quisiera transformar en pelotas o sonajeros u ositos de peluche.
hace dos semanas que todos los jueves voy a un comedor nocturno, mejor sería cenador nocturno. se llama Sol de noche, palabra que me hace acordar al campo de mis tías, a la noche helada de un invierno más helado, al aburrimiento de saber que no te queda otra más que cenar y a la cama, ya que tampoco podía leer, entonces la noche era un bajón, porque nos cerraban las puertas y las ventanas como si pudiera venir alguien a robarnos, no entraba ni una gota de luna, ni de nada, y había que dormir aunque no tengas sueño. eso era el campo de mis tías, no el comedor nocturno donde vamos a leerles cuentos a la gente que vive en la calle antes de dormir.
estaba en buenos aires el 30 de diciembre comiendo unas pizzas en Romario cuando vimos pasar las ambulancias con las sirenas y las luces encendidas. no nos enteramos sino al otro día cuando leímos el diario lo que había sucedido en Cromañon. la foto la saqué mucho tiempo después con Kike Bogni, la última vez que viajamos juntos y anduvimos por el once buscando zapatillas, antes del partido de fútbol literario contra lo muy publicitados escritores porteños.
Volvió a escena la televisión pública y para quienes como yo sólo disponen de dos canales pésimos como el 8 y el 12, es un alivio. aún cuando haya que soportar la programación del 10, ya que por ahí se cuelan los documentales de Encuentro, las entrevistas a pequeños gigantes o los programas de debate que al menos dicen algo distinto a lo que veníamos escuchando hace ya…. ¿Cuántos años? ahora encima se suma el fútbol.
hace dos semanas que todos los jueves voy a un comedor nocturno, mejor sería cenador nocturno. se llama Sol de noche, palabra que me hace acordar al campo de mis tías, a la noche helada de un invierno más helado, al aburrimiento de saber que no te queda otra más que cenar y a la cama, ya que tampoco podía leer, entonces la noche era un bajón, porque nos cerraban las puertas y las ventanas como si pudiera venir alguien a robarnos, no entraba ni una gota de luna, ni de nada, y había que dormir aunque no tengas sueño. eso era el campo de mis tías, no el comedor nocturno donde vamos a leerles cuentos a la gente que vive en la calle antes de dormir.
estaba en buenos aires el 30 de diciembre comiendo unas pizzas en Romario cuando vimos pasar las ambulancias con las sirenas y las luces encendidas. no nos enteramos sino al otro día cuando leímos el diario lo que había sucedido en Cromañon. la foto la saqué mucho tiempo después con Kike Bogni, la última vez que viajamos juntos y anduvimos por el once buscando zapatillas, antes del partido de fútbol literario contra lo muy publicitados escritores porteños.
Volvió a escena la televisión pública y para quienes como yo sólo disponen de dos canales pésimos como el 8 y el 12, es un alivio. aún cuando haya que soportar la programación del 10, ya que por ahí se cuelan los documentales de Encuentro, las entrevistas a pequeños gigantes o los programas de debate que al menos dicen algo distinto a lo que veníamos escuchando hace ya…. ¿Cuántos años? ahora encima se suma el fútbol.
Miguelitos
Se me ocurrió que podría escribir una poesía justo cuando las palabras se me venían todas juntas, esa sensación de libertad instantánea que pareciera que finalmente lo vas a poder expresar todo y no. Parece tan fácil escaparle a las ataduras (¿cuál es el género de lo real?) y a las estructuras a veces: esas malditas piezas de rompecabezas que hacen que nos inclinemos ante el edificio macizo del lenguaje. Pensaba, mientras trotaba por la calle, en una poesía que empezara más o menos así: arrojo miguelitos al asfalto para herir a los autos. Y rápidamente, qué mal me suenan alto y autos, y cambio, entonces, por calle. Queda: arrojo miguelitos a los autos para herir a las calles. Pienso. Qué sentido tienen las calles heridas por esos escorpiones del asfalto siempre listos para la guerra. Qué sentido tienen sino para cobrársela a algún hijo de puta que te tira el auto encima. ¿Dónde están las caballerizas? ¿A dónde fueron a parar los guardianes del buen orden? Vuelvo a buscar en el mismo origen: se puede bordear lo inexpresable, ¿se puede? Plantarle un cerco a ese hueco miserable de lo real, ¿se puede? Otra vez: arrojo miguelitos a las calles para herir a los autos. Y sigue lo que serían un montón de palabras sueltas: rieles, plataformas, coincidencias, encuentro, esquina, rubia, yo. Va de nuevo: Yo arrojo miguelitos a la calle para ver/ la herida. La zanja abierta por donde caminé ayer y vi pasar los autos fúnebres con el muerto que es mi padre, sí, mi padre, y se lo llevan. Yo lo llevo. Lo cargo sobre mis hombros como mis hijos cargarán alguna vez mis cenizas. Esa es la ley de la vida. Quizás por esta misma calle en la que yo hablé con mi padre por última vez me transporten mis hijos. Como cuando yo por primera vez hablé como padre y no sentí dolor sino alivio. Un dolor que no era sino alivio.
Veredas
1. Aunque la patineta amarilla de Juan se trabe, él sigue a todo lo que da por la vereda. Lo que más le gusta es que casi no tiene que empujarse. Sólo un envión basta para llegar abajo, cruzar la línea final de la carrera marcada por las haches altas y blancas de La Tablada. A Juan no le molestan los comentarios ni los gritos provenientes de las tribunas cuando se va de cabeza al suelo porque no pudo esquivar ese pozo que hay en el medio. Se pone de pie y vuelve otra vez pendiente abajo. Viaja sentado, las rodillas flexionadas, las manos agarradas con fuerza del costado de la tabla, maniobra con el peso de su cuerpo: derecha, izquierda. Las ruedas golpean como un martillo las baldosas acanaladas de la vereda del vecino. El viento le pega en la cara, los autos parecieran ir más lento, como si les costara o no pudieran hacerle frente a ese rayo amarillo que pasa veloz en su patineta, sin hacerle caso a los gritos desesperados de su madre de que pare, “Que vení para acá te digo”. Juan sigue, no le presta atención sino al impulso que lo empuja, una y otra vez, lo más lejos de su casa.
2. Emiliano toma el reloj y pone el cronómetro en cero. Dice, “Dale”, y Gabriel arranca en su Tomaselli sin sentarse en el asiento. En la primera subida del garaje de una casa se trepa a la vereda ajedrezada. Dobla en la esquina cortando la curva bien pegado al cantero filoso. Emiliano lo ve desaparecer y el próximo minuto, tal vez, esté solo, parado en medio de la calle vacía, bajo los rayos del sol y con un reloj en la mano. Su amigo tiene que tocar el poste azul de la Roque Ferreira para que él detenga el tiempo. Gabriel, por su parte, conoce tanto el recorrido que podría repetirlo de memoria siguiendo el color de las veredas. Mosaicos rectangulares, azules y rojos. Baldosones grises. Lajas negras resbaladizas. Placas cuadradas de adoquines rectos y curvos. Bloques de granito. Cada una de las veredas, además, pertenece a distintas casas de personas también distintas. La Biyú, el “Nervio” José, la Zulma, los Ramirez, los Casina. Le sobran veredas o le faltan familias, o al revés, porque esta granulada no la reconoce, mucho menos a la señora de blusa y sandalias que está barriendo y que esquiva apenas por un pelo, gracias a Dios; ella pega un grito y él se va directo contra el poste de la esquina que conocía bien de antes, aunque nunca así, tan de cerca.
3. Dos chicos juntan hormigas del jardín de una casa de la calle Lafinur. Las diminutas cabezas de fósforo coloradas van a parar a un frasco de mayonesa vacío, de donde luego serán rescatadas por ellos mismos para vérselas en el cuadrilátero, un coliseo de palitos y ramas y superficie de tierra construido sobre las cerámicas esmeraldas del Garmaz, pobre Garmaz, tanto que cuida y limpia su vereda. Esto podría provocar su ira y los chicos lo saben, pero no les importa, abren la canilla para complicar aún más a las hormigas, las hacen un bollo con los dedos para que no se separen. Pero el Garmaz, con una bronca inusual que no alcanza ni a cerrar la puerta del auto, los sorprende. Corta la rama de un árbol y los correr. Los chicos huyen. El Garmaz alcanza al más pequeño y le ensarta un latigazo en la tibia que casi lo voltea. Se volvió loco, piensa el otro, mientras su amigo se retuerce en el piso muerto de miedo y el Garmaz le grita sin parar: Con la vereda, no. ¿Está clarito?
4. Leticia se sienta en el cordón y esta vez, por primera vez, cuando Diego se acerca, ella no se corre, se queda. Están juntos y el resto de la barra espía desde la esquina detrás de un árbol. Diego había practicado tantas veces y ahora las palabras no le vienen. Oye los cuchicheos del resto de sus amigos, esperando el beso o el abrazo, quizás, para reírse de él más tarde en la canchita. Leticia va a sexto, un grado más, y eso lo intimida, aunque también lo hace más valiente. Diego se la banca, piensa para sí. Yo me la banco. Y se queda. Y le dice a Leticia que le gusta como quien no quiere la cosa, como si bastara esta simple rendición de cuentas de sus sentimientos para que Leticia se decida por él y no por otro. Y ella le dice que no, que así no. Que a ella también le gustaba pero que ahora no. Ahora no quiero nada. Diego suspira y se afloja y en ese “no” inesperado se da cuenta tardíamente de lo que sucede, y a pesar de que sonríe como si no le importara, cuando se pone de pie y ella le dice que lo quiere mucho, sí, claro, pero como amigo, y se despide, él demora en reaccionar, toma aire antes de caminar hasta la esquina y detenerse en el cartel de la José Pillado donde escribe, clarito y con las letras separadas: Puta.
(Publicado en revista Matices, agosto, 2009)
2. Emiliano toma el reloj y pone el cronómetro en cero. Dice, “Dale”, y Gabriel arranca en su Tomaselli sin sentarse en el asiento. En la primera subida del garaje de una casa se trepa a la vereda ajedrezada. Dobla en la esquina cortando la curva bien pegado al cantero filoso. Emiliano lo ve desaparecer y el próximo minuto, tal vez, esté solo, parado en medio de la calle vacía, bajo los rayos del sol y con un reloj en la mano. Su amigo tiene que tocar el poste azul de la Roque Ferreira para que él detenga el tiempo. Gabriel, por su parte, conoce tanto el recorrido que podría repetirlo de memoria siguiendo el color de las veredas. Mosaicos rectangulares, azules y rojos. Baldosones grises. Lajas negras resbaladizas. Placas cuadradas de adoquines rectos y curvos. Bloques de granito. Cada una de las veredas, además, pertenece a distintas casas de personas también distintas. La Biyú, el “Nervio” José, la Zulma, los Ramirez, los Casina. Le sobran veredas o le faltan familias, o al revés, porque esta granulada no la reconoce, mucho menos a la señora de blusa y sandalias que está barriendo y que esquiva apenas por un pelo, gracias a Dios; ella pega un grito y él se va directo contra el poste de la esquina que conocía bien de antes, aunque nunca así, tan de cerca.
3. Dos chicos juntan hormigas del jardín de una casa de la calle Lafinur. Las diminutas cabezas de fósforo coloradas van a parar a un frasco de mayonesa vacío, de donde luego serán rescatadas por ellos mismos para vérselas en el cuadrilátero, un coliseo de palitos y ramas y superficie de tierra construido sobre las cerámicas esmeraldas del Garmaz, pobre Garmaz, tanto que cuida y limpia su vereda. Esto podría provocar su ira y los chicos lo saben, pero no les importa, abren la canilla para complicar aún más a las hormigas, las hacen un bollo con los dedos para que no se separen. Pero el Garmaz, con una bronca inusual que no alcanza ni a cerrar la puerta del auto, los sorprende. Corta la rama de un árbol y los correr. Los chicos huyen. El Garmaz alcanza al más pequeño y le ensarta un latigazo en la tibia que casi lo voltea. Se volvió loco, piensa el otro, mientras su amigo se retuerce en el piso muerto de miedo y el Garmaz le grita sin parar: Con la vereda, no. ¿Está clarito?
4. Leticia se sienta en el cordón y esta vez, por primera vez, cuando Diego se acerca, ella no se corre, se queda. Están juntos y el resto de la barra espía desde la esquina detrás de un árbol. Diego había practicado tantas veces y ahora las palabras no le vienen. Oye los cuchicheos del resto de sus amigos, esperando el beso o el abrazo, quizás, para reírse de él más tarde en la canchita. Leticia va a sexto, un grado más, y eso lo intimida, aunque también lo hace más valiente. Diego se la banca, piensa para sí. Yo me la banco. Y se queda. Y le dice a Leticia que le gusta como quien no quiere la cosa, como si bastara esta simple rendición de cuentas de sus sentimientos para que Leticia se decida por él y no por otro. Y ella le dice que no, que así no. Que a ella también le gustaba pero que ahora no. Ahora no quiero nada. Diego suspira y se afloja y en ese “no” inesperado se da cuenta tardíamente de lo que sucede, y a pesar de que sonríe como si no le importara, cuando se pone de pie y ella le dice que lo quiere mucho, sí, claro, pero como amigo, y se despide, él demora en reaccionar, toma aire antes de caminar hasta la esquina y detenerse en el cartel de la José Pillado donde escribe, clarito y con las letras separadas: Puta.
(Publicado en revista Matices, agosto, 2009)
Presentación de Autogol
Sonia Budassi | Federico Levín | Loyds | Ignacio Molina | Natalia Moret | Paula Peyseré | Javier Quintá | Ricardo Romero | Julia Sarachu | Juan Pablo Souto | Diego Vigna
Los Mudos presenta la antología de cuentos que no va
dar que hablar porque no es temática ni marketinera.
Miércoles 15 de julio
después de las 21 horas
en el CC ZAS - Moreno 2320.
El librín lo consiguen a 25 points ese día
¡¡y sólo por ese día!!
Los Mudos presenta la antología de cuentos que no va
dar que hablar porque no es temática ni marketinera.
Miércoles 15 de julio
después de las 21 horas
en el CC ZAS - Moreno 2320.
El librín lo consiguen a 25 points ese día
¡¡y sólo por ese día!!
Receso invernal
De este semestre que pasó, me quedo con:
1. Las antologías, Diez Bajistas y Es lo que hay, y el aguante de Alejo Carbonel y Lilia Lardone por embarcarse en un proyecto así.
2. El diario Matices, que demostró ser el único medio comprometido crítica y políticamente en Córdoba. Me quedo con Juan Cruz Taborda, por la seriedad y la pasión que le pone a su laburo, por decir y preguntar lo que piensa sin vueltas.
3. La antología que se viene, Autogol, esta vez en Buenos Aires, de la mano de La Funesiana, y de Funes, el hincha de Chicago más perro que conocí en mi vida.
4. La revista Hablando del asunto que conduce Matías Fernández.
5. Los próximos libros de autores cordobeses que amagan con salir antes de fin de año.
6. Con los Tejerina, ambos, y el compromiso de no mantenerse al margen de las discusiones políticas y hacerse cargo.
7. Fulbazo.
8. El locro y el gremio y los partidos de fútbol que restan por jugar antes de que me muera.
9. De lo que leí, me quedo con: Lemebel (Loco Afán, principalmente las crónicas que tiene el libro), Baricco (Los bárbaros), Fogwill (Muchacha Punk), Gaiteri (Certificado de Convivencia). Esto por ahora, diría un mal conocido.
... 10. Y me olvidaba, de todas las radios me quedo con radio Gamba: 106.3, primera y única radio hecha por un poeta.
1. Las antologías, Diez Bajistas y Es lo que hay, y el aguante de Alejo Carbonel y Lilia Lardone por embarcarse en un proyecto así.
2. El diario Matices, que demostró ser el único medio comprometido crítica y políticamente en Córdoba. Me quedo con Juan Cruz Taborda, por la seriedad y la pasión que le pone a su laburo, por decir y preguntar lo que piensa sin vueltas.
3. La antología que se viene, Autogol, esta vez en Buenos Aires, de la mano de La Funesiana, y de Funes, el hincha de Chicago más perro que conocí en mi vida.
4. La revista Hablando del asunto que conduce Matías Fernández.
5. Los próximos libros de autores cordobeses que amagan con salir antes de fin de año.
6. Con los Tejerina, ambos, y el compromiso de no mantenerse al margen de las discusiones políticas y hacerse cargo.
7. Fulbazo.
8. El locro y el gremio y los partidos de fútbol que restan por jugar antes de que me muera.
9. De lo que leí, me quedo con: Lemebel (Loco Afán, principalmente las crónicas que tiene el libro), Baricco (Los bárbaros), Fogwill (Muchacha Punk), Gaiteri (Certificado de Convivencia). Esto por ahora, diría un mal conocido.
... 10. Y me olvidaba, de todas las radios me quedo con radio Gamba: 106.3, primera y única radio hecha por un poeta.
Terra de nadie
Al final, Juan Terranova le cumplió el sueño a Lo Presti. Como bien anunciaba Voloj, hace sólo unos pocos días en este mismo espacio: sus pretensiones de figurar e ingresar en "las grandes ligas" de la crítica literaria. Lástima que haya sido tan evidente. Que no haya ocultado un poquito, no mucho, un poquito su propósito.
Igualmente, es triste pensar el vacío cultural que hay en Córdoba. No es una novedad. Tampoco quiero quejarme aunque lo esté haciendo. Y no es a la cantidad ni a la calidad de obras literarias o musicales o intelectuales a lo que me refiero, sino, justamente, a la incapacidad política, social y cultural de Córdoba de aparecer y de pensarse por ella misma, de convertirse en un centro genuino de algo, al menos de nosotros mismos, la incapacidad para aparecer más allá de ciertos rótulos que se nos imponen y nosotros aceptamos pasivamente (cuarteteros, ferneteros, del interior, gronchos, etc.)
Realmente es triste que el suplemento cultural de La Voz sea quien imponga los términos de las discusiones "políticas, sociales o literarias" en Córdoba. Es triste aunque sea un hecho innegable: mal que nos pese todas las discusiones terminan siendo retratadas ahí. A veces, es cierto, originidas, aunque no creo que sea en la mayoría de los casos. Lo cierto es que es el único medio. Y a pesar de que digan que ahí circulan múltiples voces y que sea un espacio democrático, su proyecto ideológico se termina volviendo totalitario sino no puede discutir con nadie dentro de un campo cultural compartido por "otros". Y si los términos de las discusiones se plantean entre Córdoba "la niña menora e indefensa" que pelea con su hermano mayor, Buenos Aires, por un lugar en la punta de la mesa, estamos mal paridos de entrada. Porque claro, sucede que das lugar a que se te caguen de risa como pasó en este caso.
Y de la misma manera que Buenos Aires funciona como centro simbólico y cultural, por razones históricas, económicas, políticas y sociales, La Voz funciona como un núcleo desde donde nos miramos a nosotros mismos. Y la mirada de Lo Presti no está del todo errada para muchos de los que trabajamos en relación a la cultura. Muchos se mueren por publicar y aparecer en Buenos Aires como la única puerta que permitiría "acceder" a las grandes ligas. Así como la mayoría que se queja de La Voz, en el fondo, se muere por laburar ahí. Lo cual yo no juzgo porque es una realidad que aunque nos condene, parece imposible de cambiar (las grandes editoriales, los grandes premios están allá, y en Córdoba: qué otro medio mínimamente decente hay para laburar)
¿Habrá sido siempre así Córdoba? ¿Condenada a aparecer bajo la respuesta (reconocimiento) de alguien? ¿Alguna vez habremos hechos las preguntas nosotros?
La Voz es lo que es, un negocio enorme que la gente consume. Y en ese sentido, es un éxito. Lo alternativo no puede plantearse en los mismos términos de La Voz, ni tampoco en los mismos términos de "las grandes ligas porteñas". Porque sería lamentable. Y es lo que le pasó al amigo Lo Presti, al querer elaborar una crítica para que sea leída en Buenos Aires y olvidarse de leer a los autores de Córdoba.
No creo que esto sea una respueta terminada. El problema sin duda es mucho más complejo. Empezaría por algo muy simple y que me llamó la atención en una nota que Barbieri le hizo a Sol Pereira: tenemos que dejar de hablar de las dificultades de hacer música en Córdoba. Yo agregaría dejar de hablar de las dificultades de hacer y publicar literatura en Córdoba. Y de las dificultades para que el único medio de Córdoba preste atención a lo que sucede en su ciudad, porque lo haga o no lo haga, en verdad, no importa.
Igualmente, es triste pensar el vacío cultural que hay en Córdoba. No es una novedad. Tampoco quiero quejarme aunque lo esté haciendo. Y no es a la cantidad ni a la calidad de obras literarias o musicales o intelectuales a lo que me refiero, sino, justamente, a la incapacidad política, social y cultural de Córdoba de aparecer y de pensarse por ella misma, de convertirse en un centro genuino de algo, al menos de nosotros mismos, la incapacidad para aparecer más allá de ciertos rótulos que se nos imponen y nosotros aceptamos pasivamente (cuarteteros, ferneteros, del interior, gronchos, etc.)
Realmente es triste que el suplemento cultural de La Voz sea quien imponga los términos de las discusiones "políticas, sociales o literarias" en Córdoba. Es triste aunque sea un hecho innegable: mal que nos pese todas las discusiones terminan siendo retratadas ahí. A veces, es cierto, originidas, aunque no creo que sea en la mayoría de los casos. Lo cierto es que es el único medio. Y a pesar de que digan que ahí circulan múltiples voces y que sea un espacio democrático, su proyecto ideológico se termina volviendo totalitario sino no puede discutir con nadie dentro de un campo cultural compartido por "otros". Y si los términos de las discusiones se plantean entre Córdoba "la niña menora e indefensa" que pelea con su hermano mayor, Buenos Aires, por un lugar en la punta de la mesa, estamos mal paridos de entrada. Porque claro, sucede que das lugar a que se te caguen de risa como pasó en este caso.
Y de la misma manera que Buenos Aires funciona como centro simbólico y cultural, por razones históricas, económicas, políticas y sociales, La Voz funciona como un núcleo desde donde nos miramos a nosotros mismos. Y la mirada de Lo Presti no está del todo errada para muchos de los que trabajamos en relación a la cultura. Muchos se mueren por publicar y aparecer en Buenos Aires como la única puerta que permitiría "acceder" a las grandes ligas. Así como la mayoría que se queja de La Voz, en el fondo, se muere por laburar ahí. Lo cual yo no juzgo porque es una realidad que aunque nos condene, parece imposible de cambiar (las grandes editoriales, los grandes premios están allá, y en Córdoba: qué otro medio mínimamente decente hay para laburar)
¿Habrá sido siempre así Córdoba? ¿Condenada a aparecer bajo la respuesta (reconocimiento) de alguien? ¿Alguna vez habremos hechos las preguntas nosotros?
La Voz es lo que es, un negocio enorme que la gente consume. Y en ese sentido, es un éxito. Lo alternativo no puede plantearse en los mismos términos de La Voz, ni tampoco en los mismos términos de "las grandes ligas porteñas". Porque sería lamentable. Y es lo que le pasó al amigo Lo Presti, al querer elaborar una crítica para que sea leída en Buenos Aires y olvidarse de leer a los autores de Córdoba.
No creo que esto sea una respueta terminada. El problema sin duda es mucho más complejo. Empezaría por algo muy simple y que me llamó la atención en una nota que Barbieri le hizo a Sol Pereira: tenemos que dejar de hablar de las dificultades de hacer música en Córdoba. Yo agregaría dejar de hablar de las dificultades de hacer y publicar literatura en Córdoba. Y de las dificultades para que el único medio de Córdoba preste atención a lo que sucede en su ciudad, porque lo haga o no lo haga, en verdad, no importa.
La noble y dichosa literatura cordobesa, ponerse de pie para recibir a la bandera de ceremonia
Sin entrar en los detalles del flamante análisis sobre las antologías publicado hoy en el prestigioso diario cordobés, La Voz del Interior, a cargo del señor Flavio Lopresti, "Juntitos es mejor", en el cual, a grandes rasgos, se discute "esta nueva modalidad de existencia literaria: la antología de valores de futuros", y en el que muy bien se detalla y describe el panorama literario porteño, panorama que, por cierto, el autor conoce y domina a la perfección, con citas, referencias de libros o sitios web o autores. Quisiera detenerme, no obstante, en el apartado que le dedica a Córdoba (cabría preguntarse por qué separado del análisis central) titulado "Misión Córdoba", donde el autor hace mención a las nuevas antologías publicadas en la Provincia: Diez Bajistas (editorial EDUVIM) Es lo que hay (editorial Babel). Más allá del valor crítico de la nota, en general, y de "la objetividad", me ha llamado la anteción, luego de un análisis tan riguroso como el de las "antologías porteñas", encontrarme con el párrafo siguiente:
"En una medida mayor que en las antologías "metropolitanas", se nota la distancia entre algunas escrituras definidas por proyectos personales "en estado avanzado" (más allá de gustos personales: Luciano Lamberti, Emanuel Rodríguez, Cuqui, Federico Falco) y escrituras vacilantes, que complican la lectura completa del volumen".
Más allá de gustos personales...
Pablo Natale ha publicado: Un oso polar (editorial Recovecos). Ganador del premio estímulo 2007.
David Voloj ha publicado: Letras modernas (editorial Recovecos)
Santiago Ramirez ha publicado: Ladridos (editorial La Creciente)
Hugo Rabia ha publicado: Con la inocencia de un beso (editorial El límite infinito, BS AS, 1996) Bastian Burke bla bla (editorial Fojas Cero, Córdoba, 2000)
Pablo Dema ha publicado: Fotos (editorial Cartografías), entre otras obras y premios.
Adrian Savino ha publicado: Canciones de sed (poesía, Alción), Crónica de un rocho (novela, Alción)
Hernán Tejerina ha publicado: Gramática y homicidio (editorial La Creciente). Ganador del Premio Luis de Tejeda 2007.
Diego Vigna: Verdes, grises (editorial La Creciente)
Además, al final dice:
"Dos ausencias notables: las mujeres (con la excepción de Cuqui), que Carbonell explica por la inclinación femenina a la poesía (...)".
¿Y Maricel Palomeque?
Entonces me pregunto:
¿Se habrá tomado el trabajo de leernos?
"En una medida mayor que en las antologías "metropolitanas", se nota la distancia entre algunas escrituras definidas por proyectos personales "en estado avanzado" (más allá de gustos personales: Luciano Lamberti, Emanuel Rodríguez, Cuqui, Federico Falco) y escrituras vacilantes, que complican la lectura completa del volumen".
Más allá de gustos personales...
Pablo Natale ha publicado: Un oso polar (editorial Recovecos). Ganador del premio estímulo 2007.
David Voloj ha publicado: Letras modernas (editorial Recovecos)
Santiago Ramirez ha publicado: Ladridos (editorial La Creciente)
Hugo Rabia ha publicado: Con la inocencia de un beso (editorial El límite infinito, BS AS, 1996) Bastian Burke bla bla (editorial Fojas Cero, Córdoba, 2000)
Pablo Dema ha publicado: Fotos (editorial Cartografías), entre otras obras y premios.
Adrian Savino ha publicado: Canciones de sed (poesía, Alción), Crónica de un rocho (novela, Alción)
Hernán Tejerina ha publicado: Gramática y homicidio (editorial La Creciente). Ganador del Premio Luis de Tejeda 2007.
Diego Vigna: Verdes, grises (editorial La Creciente)
Además, al final dice:
"Dos ausencias notables: las mujeres (con la excepción de Cuqui), que Carbonell explica por la inclinación femenina a la poesía (...)".
¿Y Maricel Palomeque?
Entonces me pregunto:
¿Se habrá tomado el trabajo de leernos?
Qué estás leyendo

Quizás, las pequeñas historias y las grandes epopeyas nunca son parelelas, los destinos minoritarios siguen escalados por las políticas de un mercado siempre al acecho de cualquier escape. Y en este mapa ultracontrolado del modernismo las fisuras se detectan y se parchan con el mismo cemento, con la misma mezcla de cadáveres y sueños que yacen bajo los andamios de la pirámide neoliberal.
(Pedro Lemebel, Loco Afán, Anagrama, 2000)
Recta Martinoli
1. Son las seis de la mañana. La piel seca se me agrieta a causa del frío. Ni qué hablar de la espantosa helada que está cayendo sobre los techos, la escarcha que en pocas horas cubrirá el pasto de blanco. Me froto las manos, una contra la otra como si fuera a encender un fuego con un palito, utilizo mi aliento para cortar el aire helado y darles un alivio. Cuando no estoy caminando, trato de no quedarme quieto ni un segundo, dando saltitos o pequeños pasos en el lugar para no congelarme: aún faltan dos horas para las ocho, pienso. Ciento veinte minutos que parecen una eternidad y en los que, además, debo permanecer bien alerta, porque es cuando los chicos, la mayoría de veces borrachos o muertos del cansancio, regresan del boliche. Parece que soy el único pelotudo que labura un sábado a la noche.
Con la linterna alumbro el frente de las casas, entre las plantas. Sólo las que pagan, claro: esas se encuentran bajo mi protección. Porque hay quienes se resisten siquiera a hacerme un aporte por fuera de la compañía. Yo aceptaría cualquier cosa, si igual tengo que pasar la noche acá. Traté de hablar con varios dueños pero cuando me acerco se suben rápido a los autos, no me dan tiempo a nada, ni a explicarles. Yo a esos los dejo, les doy la espalda: ojalá les caguen choreando. Faltaría que después me acusen a mí, encima.
Mi recorrido es simple y siempre el mismo, prácticamente una línea: Ticho Brahe, entre Pascal y la Recta, ida y vuelta. Por suerte la YPF me queda al toque y cada tanto me hago un llegue y tomo algo caliente: un café o un té. Charlo con los playeros para matar el tiempo. Alcohol no, no mientras trabajo. Debo ser el único boludo que no toma alcohol un sábado a la noche.
Ahora estoy justo frente a la estación: hay una Kangoo cargando nafta. El dueño debe haber bajado para apurar el trámite de la tarjeta, de lo contrario no se entiende que el surtidor siga abierto. ¿Y el playero? ¿Será el José? Siempre hace lo mismo el boludo, pone la manguera y se va. Cuando la puerta corrediza se abre y un tipo sale caminando hacia atrás, recién ahí me doy cuenta: en el piso, se ven las botas inconfundibles del José. Saco el arma y corro hacia la estación.
2. Los autos se hallan estacionados, uno detrás del otro, junto a la hilera de árboles que rodean al La salle. Por ahora son sólo cuatro alfiles pelados de un tablero sin fichas, aunque, seguramente, el número de coches se amplíe a lo largo de la noche. Las luces naranjas de la calle reflejan mejor el color plateado de las hojas de los plátanos. Es una luz oblicua que ilumina, además, el interior de los vehículos. Se puede ver con claridad a sus ocupantes, charlando y pasándose el mate; o con un termo de café, otros, simplemente aguardan en sus asientos.
En un Palio hay una pareja. El hombre fuma con la ventanilla baja mientras que la mujer, con los pies apoyados en la guantera, se lima las uñas. Cada uno en sus cosas y en silencio. Suena un tema de R.E.M: Man on the moon, y el tipo sube el volumen. Ella no le presta atención. Sigue arreglándose las manos con una destreza increíble a la luz del alumbrado público. El hombre mira por los espejos retrovisores: sólo algunos pocos autos pasan por la Recta. Los semáforos titilan intermitentes, amarillos. Una brisa mueve apenas las ramas de los árboles.
La última bocanada es larga y profunda y casi con asco termina el cigarrillo arrojándolo a la vereda. Ya no sabe qué más hacer. Y eso que el colegio abrirá sus puertas recién a las siete: faltan exactamente cinco horas, piensa. ¿Habrán hecho lo mismo los viejos para inscribirme a mí?
¿Qué dijiste?
No, nada.
Ella se da vuelta, reclina el asiento y se acuesta.
Me tiro un ratito.
Dale, yo me quedo, dice él.
Baja el volumen, reposa la nuca en la cabecera del asiento. Su mirada se topa con la fachada del La Salle. Los recuerdos le vienen como olas, arbitrariamente y sin ningún orden: los campeonatos de fútbol, el mal aliento de la vieja de física, los fogones en el campo de deporte, la chupina en el día de su cumpleaños, o la vez cuando le quemaron la carpeta al Sifón, pobre Sifón, encima se había llevado la materia y todavía tenía que rendirla. Entre los recuerdos se entremezcla un sonido indescifrable. Recuerda el ventilador ruidoso y las paletas llenas de mayonesa y el pizarrón salpicado y la cara, entre incrédula y despavorida, de la profesora de matemática mientras se miraba la ropa. El sonido sigue como una radio mal sintonizada, un auto con el escape suelto…
¿Qué? ¿Qué pasó?
Es mi vieja, dice que Francisco no para de llorar y que pide por nosotros, que si no, no se va a dormir. Dice que vayamos.
Vamos a perder el lugar.
Qué importa, Rafael.
Con la linterna alumbro el frente de las casas, entre las plantas. Sólo las que pagan, claro: esas se encuentran bajo mi protección. Porque hay quienes se resisten siquiera a hacerme un aporte por fuera de la compañía. Yo aceptaría cualquier cosa, si igual tengo que pasar la noche acá. Traté de hablar con varios dueños pero cuando me acerco se suben rápido a los autos, no me dan tiempo a nada, ni a explicarles. Yo a esos los dejo, les doy la espalda: ojalá les caguen choreando. Faltaría que después me acusen a mí, encima.
Mi recorrido es simple y siempre el mismo, prácticamente una línea: Ticho Brahe, entre Pascal y la Recta, ida y vuelta. Por suerte la YPF me queda al toque y cada tanto me hago un llegue y tomo algo caliente: un café o un té. Charlo con los playeros para matar el tiempo. Alcohol no, no mientras trabajo. Debo ser el único boludo que no toma alcohol un sábado a la noche.
Ahora estoy justo frente a la estación: hay una Kangoo cargando nafta. El dueño debe haber bajado para apurar el trámite de la tarjeta, de lo contrario no se entiende que el surtidor siga abierto. ¿Y el playero? ¿Será el José? Siempre hace lo mismo el boludo, pone la manguera y se va. Cuando la puerta corrediza se abre y un tipo sale caminando hacia atrás, recién ahí me doy cuenta: en el piso, se ven las botas inconfundibles del José. Saco el arma y corro hacia la estación.
2. Los autos se hallan estacionados, uno detrás del otro, junto a la hilera de árboles que rodean al La salle. Por ahora son sólo cuatro alfiles pelados de un tablero sin fichas, aunque, seguramente, el número de coches se amplíe a lo largo de la noche. Las luces naranjas de la calle reflejan mejor el color plateado de las hojas de los plátanos. Es una luz oblicua que ilumina, además, el interior de los vehículos. Se puede ver con claridad a sus ocupantes, charlando y pasándose el mate; o con un termo de café, otros, simplemente aguardan en sus asientos.
En un Palio hay una pareja. El hombre fuma con la ventanilla baja mientras que la mujer, con los pies apoyados en la guantera, se lima las uñas. Cada uno en sus cosas y en silencio. Suena un tema de R.E.M: Man on the moon, y el tipo sube el volumen. Ella no le presta atención. Sigue arreglándose las manos con una destreza increíble a la luz del alumbrado público. El hombre mira por los espejos retrovisores: sólo algunos pocos autos pasan por la Recta. Los semáforos titilan intermitentes, amarillos. Una brisa mueve apenas las ramas de los árboles.
La última bocanada es larga y profunda y casi con asco termina el cigarrillo arrojándolo a la vereda. Ya no sabe qué más hacer. Y eso que el colegio abrirá sus puertas recién a las siete: faltan exactamente cinco horas, piensa. ¿Habrán hecho lo mismo los viejos para inscribirme a mí?
¿Qué dijiste?
No, nada.
Ella se da vuelta, reclina el asiento y se acuesta.
Me tiro un ratito.
Dale, yo me quedo, dice él.
Baja el volumen, reposa la nuca en la cabecera del asiento. Su mirada se topa con la fachada del La Salle. Los recuerdos le vienen como olas, arbitrariamente y sin ningún orden: los campeonatos de fútbol, el mal aliento de la vieja de física, los fogones en el campo de deporte, la chupina en el día de su cumpleaños, o la vez cuando le quemaron la carpeta al Sifón, pobre Sifón, encima se había llevado la materia y todavía tenía que rendirla. Entre los recuerdos se entremezcla un sonido indescifrable. Recuerda el ventilador ruidoso y las paletas llenas de mayonesa y el pizarrón salpicado y la cara, entre incrédula y despavorida, de la profesora de matemática mientras se miraba la ropa. El sonido sigue como una radio mal sintonizada, un auto con el escape suelto…
¿Qué? ¿Qué pasó?
Es mi vieja, dice que Francisco no para de llorar y que pide por nosotros, que si no, no se va a dormir. Dice que vayamos.
Vamos a perder el lugar.
Qué importa, Rafael.
Etiquetas:
Narrativa
Suscribirse a:
Entradas (Atom)









